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29 mayo, 2020

Alentemos el mundo

Domingo 31 Mayo Pentecostés

Juan 20,19-23

 

La experiencia de vida que da el Espíritu puede compararse con una nueva creación. En Pentecostés descubrimos que “creación y redención” se pertenecen. Nuestra fe en el Espíritu creador y la fe en el Espíritu que Cristo resucitado dio a los Apóstoles y que da a cada uno de nosotros, están inseparablemente unidas.

El soplo divino que introduce Juan en su Evangelio, nos lleva al contenido de la creación, cuando Dios sopló en el hombre el aliento de vida —Cfr. Gn 2,7—. Ahora Jesús sopla sobre los apóstoles y sigue soplando con su aliento de resucitado en nuestras almas. Nos da el Espíritu Santo, y nos hace renacer para introducirnos en la familia divina.

Escogemos esta idea que puede despertar en nuestro interior una fuerza que no hemos dejado operar. Preguntémonos: ¿Cómo está nuestro aliento de vida espiritual? Es importante pensarlo, porque el mundo necesita ser alentado por nosotros, sobre todo cuando constatamos que vive poco de este aliento. Vive con un aliento que está putrefacto o por desfallecer.

A veces usamos esta expresión: “Quiero alentar a mi amigo, a esta familia o a tal grupo”. ¿Qué queremos significar cuando decimos que vamos a alentar a alguien? Creo que decimos que vamos a compartir nuestro soplo interior de Espíritu Santo, el aliento que Jesús resucitado ha insuflado sobre nuestras almas.

En Pentecostés queremos alentar el mundo. ¿Pero cómo?

 

Vivamos como consagrados

Esta realidad que llevamos en lo más íntimo de nuestro ser, a veces la dejamos de lado. Es casi incomprensible que, habiendo recibido la efusión del Espíritu de Dios, vivamos como si no lo tuviéramos; pero es verdad.

Da la impresión de que por mucho tiempo vivimos como “discípulos clandestinos”, como los discípulos al anochecer del día de la resurrección: a puerta cerrada, con miedo y en el desamparo. Es inaplazable que este Pentecostés experimentemos que Jesús nos infunde su propio espíritu y crea en nosotros una nueva condición humana: la del Espíritu.

Somos consagrados, nacidos de nuevo para una vida de verdad y de libertad que no tiene límites. Alentemos el mundo.

 

 

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