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26 junio, 2020

Jesús Tiene Para Todos…

Sábado 27 Junio

Mateo 8, 5-17

 

~ Les aseguro que en Israel

no he encontrado en nadie una fe tan grande ~

 

El centurión romano, era considerado como pagano, impuro, un no judío. No fue sencillo para quienes estaban allí, escuchar que este miembro del ejército extranjero invasor, pidiera a Jesús un milagro, y mucho menos atestiguar que se lo concediera.

En el centro de este evangelio se encuentra la clave para que el milagro aconteciera: la fe y la humildad del centurión. Aunque Jesús decidió desde el inicio de su ministerio, abrir el evangelio a los no judíos, esta curación marca su gran proyecto de abrir la puerta del Reino a los paganos.

Recojamos de este texto la Buena noticia: La salvación de Jesús no reconoce fronteras entre personas o pueblos. Nadie puede hacer exclusiva la salvación, ésta es universal.

La curación a distancia, contrasta con la poca fe de Israel y abre a la comprensión de la manera sacramental en que Dios actúa.

En casa de Pedro, su suegra representa al grupo de quienes profesan un mesianismo real. Representa a quienes esperaban un Mesías juez que castigaría malvados y pecadores; y mantendría la distancia de los pueblos paganos. Esa es su enfermedad, su fiebre. Y si se encuentra así, no puede servir en las cosas del Reino. Jesús la libera de su mentalidad nacionalista violenta, y la abre al servicio y a la experiencia más íntima del amor.

Si en ocasiones nos descubrimos, con fiebre, cerrados al proyecto de Jesús, veamos de reojo al centurión de este Evangelio, preguntémonos ¿Qué lleva a un hombre tan lejano a buscar el don de vida en Jesús? y valoremos lo que tenemos. Abramos nuestra mente a la reconciliación y salvación que Jesús nos trae, todos cabemos, bastan dos cosas: fe y humildad. Cuando vallamos a Misa y digamos las palabras: No soy digno de que entres en mi casa, recordemos que las inventó este centurión pagano, y que le nacieron del corazón; a partir de ahora digámoslas con el gozo de saber que Jesús tiene para todos.

 

Oración:

Señor Jesús, gracias por el don de mi fe; por mucho tiempo pensé que era una fe grande. Al escuchar este Evangelio, comprendí que me falta mucho. Abre mi corazón y mi entendimiento, para pedirte como lo hizo el centurión. Ayúdame a dar un paso atrás respecto de mi relación contigo, y a decir con sinceridad: no soy digno de que entres en mi casa, para valorar la grande riqueza que me has dado y colaborar en tu proyecto universal de salvación.

Permite que junto con los míos, gocemos de ver conversiones a tu Reino y participemos en compartir tu vida y tu amor. Amén.

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