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6 abril, 2020

La Fragancia Del Amor

Lunes 6 Abril

Juan 12, 1-11

 

~ Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume ~

 

La casa de Lázaro, Marta y María, sita en Betania, brilla como lugar de la comunidad de Jesús. Lo que sucede allí, en esa cena, nos lleva a prever la pascua de Jesús.

Hasta este momento, el plan de los dirigentes religiosos de Israel ––consistente en darle muerte–– se había fracturado contra el plan divino y el mesianismo de Jesús. Pero a partir de ahora, Él hace que ambos planes coincidan. Jesús no subirá a Jerusalén arrastrado por las solas circunstancias de sus enemigos, sino por su propio pie, a dar la vida.

Imaginemos la casa de sus amigos; el valor que representa para Él esta cena, que sustituye al banquete fúnebre de Lázaro; es una acción de gracias a Jesús por el don de la vida.

El signo de María, que se pone a los pies de Jesús con humilde actitud, nos muestra la manera en que realiza el código de comunidad. Jesús mismo hará eso en la última Cena: lavará los pies de sus discípulos. Se trata de una experiencia profunda de amor. Esa es la regla de la comunidad: el amor que sabe servir hasta el don de la vida.

El perfume que se difunde por toda la casa comunica la respuesta del amor de María al amor infinito de Dios; esto se expande entre los convidados. Les habrán dado ganas de realizar, también, este signo de caridad y de devoción auténtica a Jesús.

La fragancia del amor es contagiosa. Dentro de la casa, todo es certeza y paz; y comunicación ininterrumpida de amor y de esperanza. Todos han venido para amarse en Jesús y para recoger, como un fruto de la comunidad, el testimonio de que con Jesús, la muerte no tiene ya ningún dominio sobre el hombre.

Superemos los miedos, dejémonos contagiar de la fragancia del amor.

 

Oración:

Señor Jesús, me encantan tus maneras. Se me antoja entrar en esa casa de Betania; encontrar a Marta y a María y constatar la vida de Lázaro; pero sobre todo, experimentar tu mansedumbre y ver en tu rostro la certeza de entregar tu vida.

Haz que en mi casa, junto a los míos, se expanda con potencia la fragancia de las buenas obras, el deseo de servir hasta el don de la vida. Y que luego subamos contigo a Jerusalén, para seguir amándote hasta el amanecer de tu resurrección. Amén.

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