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24 julio, 2020

Seamos grandes…

Domingo 26 Julio

Mateo 13,44-52

 

En el reinado de Jesús, estamos llamados a ser grandes. El compromiso total que exige el reino no nos lleva a realizar grandes sacrificios o a vivir pobremente, sino a vivir una alegría inmensa. La alegría de haber descubierto un valor insospechado, algo incomparable, un valor que no volverá a aparecer.

En el contexto de nuestra sociedad actual, muchos tienen miedo a ser grandes en el ejercicio de su profesión. Y muchos otros, tienen miedo a ser grandes en el ejercicio de su fe. El tesoro que buscamos no está en la superficie, se requiere un trabajo cuidadoso, a veces de años, para encontrarlo, saberlo valorar y pagar el precio por él. Implica un discernimiento. Implica la conciencia de que la sabiduría que requerimos para llegar a ser grandes en el reino, viene de Dios.

Este tesoro que Jesús propone en la parábola, tiene una carga psicológica profunda. Todos buscamos algo que no tenga fondo, algo que no se acabe, algo que consolide nuestras ansias de plenitud. Lo más grande. A veces parece que nuestra vida transcurre en un estar frente al tesoro que anhelamos y no lo vemos. Como si el tesoro también estuviera en nuestra búsqueda, en espera de que lo hagamos brillar.

Salomón está frente al tesoro más grande. La herencia de su padre David no incluye el tesoro que Dios le dará. Salomón pudo perder la oportunidad de ese tesoro que lo hará grande. Habría bastado con gobernar sin Dios, desde el gran poder que había recibido. Pero no se dejó deslumbrar. Aquella majestuosidad de su reino, no le pertenecía. Se reconoce necesitado de Dios: “yo no soy más que un muchacho y no sé cómo actuar. Soy tu siervo… por eso te pido que me concedas sabiduría de corazón para que sepa gobernar a tu pueblo y distinguir entre el bien y el mal. El Señor mismo le entregó el tesoro: un corazón sabio y prudente, gloria y riqueza incomparables.

Nosotros queremos ser grandes en el reino.

Paguemos el precio

Parece que pasamos gran parte de la vida sin objetivar el valor absoluto, o hemos pasado de largo, porque ser grande cuesta mucho. Preferimos permanecer en la seguridad de lo que tenemos: nos cuesta vender cuanto tenemos para comprar un campo; vender cuanto tenemos para comprar la perla valiosa o atrevernos a separar lo bueno de lo malo. En una palabra: no queremos pagar el precio de ser grandes.

En la experiencia del reino hay que rendir sin miedo. Ser grandes implica sacar de nuestro tesoro de vida y de sabiduría cosas nuevas y cosas antiguas, como un padre de familia que hace todo poniendo al centro el valor de la familia.

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